jueves, 26 de septiembre de 2013


ITINERARIO DEL EDUCADOR

Tomado del cuaderno MEL N°8 del Hermano Antonio Botana

Tema 1. La identidad del educador

1. Los niveles de la identidad del educador

Ser educador es una identidad: se manifiesta en el hacer y en la relación social, pero sobre todo es una forma de ser. Esta identidad puede vivirse en tres niveles. La confusión (o la contraposición) de los mismos suele estar en la base de muchos enfrentamientos dentro de la comunidad educativa.

a) El primer nivel en que se puede vivir la identidad del educador se sitúa en el plano biológico-laboral: Corresponde a la necesidad de “hacer” o trabajar para poder vivir, para poder satisfacer las necesidades primarias del hombre. Da lugar al “trabajador de la enseñanza”.

– La motivación que lo justifica es la propia supervivencia del educador y la de aquellos que dependen de él; supervivencia que ha de ser digna, comparativamente al ambiente social en el que se está inmerso, y que requiere para ello un sueldo apropiado.

b) El segundo nivel se sitúa en el plano psicológico-social. Corresponde a la necesidad de reconocimiento social, de ocupar un puesto (“representar un papel”) honroso, no sólo en el cuerpo de la sociedad, sino en el grupo social más inmediato: alumnos, comunidad educativa... Da lugar al “profesional de la enseñanza”, que se caracteriza por su saber, su competencia, su dominio de las materias que ha de enseñar.

– La motivación que dinamiza este nivel es el afán o la necesidad de valorarse y sentirse valorado, de autoestima y éxito, de ser respetado y apreciado, de ser querido o de alcanzar incluso cierta cota de poder... Los matices varían según las personas.

c) El tercer nivel alcanza al núcleo mismo de la identidad, el plano proyectivo o generador de la persona.

Es el “ser” de la persona, que necesita proyectarse en el mundo contribuyendo a su construcción. Aquí aparece el educador “vocacionado”, el que se siente a sí mismo –se ve “realizado”– siendo educador; tiene la impresión de estar ocupando el lugar adecuado en la “sinfonía de la creación”.

– La motivación procede de la actitud del educador, una actitud de servicio y creatividad para dar respuesta adecuada a las necesidades de los destinatarios de su labor.

Como vemos, en la identidad del educador confluyen aspectos laborales, profesionales y vocacionales, referidos a las distintas necesidades que la persona ha de satisfacer para poder realizarse plenamente a partir de esta identidad.

Entre los tres niveles se establece una serie de relaciones:

– En primer lugar, no se trata de niveles opuestos, sino complementarios. La persona –y la comunidad educativa– necesita tener en cuenta los tres.

– Cada nivel, considerado de forma aislada, señala un grado de profundización y realización de la persona. Cada uno de esos grados se puede conseguir con una cierta independencia de los otros dos. Es decir, no se condicionan mutuamente de manera absoluta, aunque sí pueden influirse. Por ejemplo, un educador bien remunerado tiene un aliciente para aumentar su competencia profesional e incluso para no escatimar el tiempo que requieran las necesidades de sus alumnos; pero esto no ocurre necesariamente.

De la misma forma, un educador muy “vocacionado” puede encontrar más facilidad para ser valorado y aceptado por sus alumnos o para cultivarse intelectualmente, pero no siempre ocurre así. Por otro lado, un educador con un sueldo insuficiente, puede ser, sin embargo, un buen profesional y/o sentirse realizado vocacionalmente.

El optar, consciente o inconscientemente, por uno de los tres niveles, con exclusión de los otros en la vida práctica, sería un empobrecimiento grave de la propia identidad, aparte del perjuicio que se causa a los destinatarios de nuestra labor educativa.

Pero tampoco es posible dar “contento” por igual a los tres niveles. La razón es sencilla: puesto que los tres niveles se refieren a grupos de valores diferentes –aunque no opuestos– es normal que en más de una ocasión dichos valores entren en conflicto; entonces la persona se encuentra inevitablemente en la necesidad de optar por un valor, posponiendo –en ese caso– otro u otros valores.

Este es el caso que se me presenta cuando tengo que decidirme entre una semana más de vacaciones veraniegas con mi familia o asistir a un cursillo que puede mejorar mi competencia profesional; o también, cuando tengo que elegir entre la posibilidad de dedicar un tiempo extra a unos alumnos necesitados, o utilizar ese mismo tiempo para lograr un título académico que me puede beneficiar profesionalmente, o incluso dedicar ese tiempo a mejorar mi economía con algunas clases particulares...

En el fondo, son valores los que están en juego, y al entrar en conflicto no tengo más remedio que elegir y rechazar o posponer. A veces, la urgencia inmediata de una necesidad me obliga a dejar de lado lo que reconozco como más estimable desde el punto de vista de los valores. Pero no siempre tiene por qué ser lo inmediato quien dirija mi decisión.) Desde dónde elijo, entonces?

Si quiero evitar el conflicto permanente en el interior de mi propia identidad –lo que equivaldría a una identidad rota– tengo que adoptar una perspectiva única, desde uno de esos tres niveles y contemplar desde él los otros dos. En otros términos: he de establecer una jerarquía de valores, de forma que, en caso de conflicto, sepa distinguir los valores que están en juego y optar en consecuencia, según la jerarquización hecha previamente.

Pero hemos de añadir algo más: A todo educador se le plantea el reto de estructurar su identidad a partir de los valores vocacionales, el hacer de éstos la perspectiva de su “quehacer”, su “saber”, su “ser”. Sólo en la medida en que acepta este reto y se pone a caminar en la dirección que ellos le señalan (las necesidades de sus alumnos), podremos hablar de un auténtico educador, y no sólo de un profesional o un trabajador de la enseñanza. Eso no significa renunciar a ninguno de sus derechos en los otros niveles.

2. Comunidad y escuela según la identidad del educador

El nivel o dimensión que cada educador elige como perspectiva para jerarquizar sus valores, no influye sólo en su propia identidad, sino también, y mucho, en la comunidad educadora y en la obra escolar.

a) Cuando predomina la perspectiva laboral en una comunidad educadora, ésta sólo se constituye en función del profesorado: en vistas al mutuo apoyo y defensa en los intereses laborales. Las reuniones, conversaciones, actividades, se orientan con ese fin. Cualquier intento de conseguir otros objetivos diferentes va acompañado del desinterés, si no de la oposición, de buena parte de la comunidad.

En este caso, la obra escolar se concibe como “el medio donde el educador se gana la vida enseñando”. Y las diversas estructuras que puedan organizarse en el colegio van marcadas por ese fin.

b) Si en la comunidad predomina la perspectiva profesional, tiende a organizarse en función de la enseñanza y para asegurar las relaciones profesionales entre los educadores. La preocupación básica es que los programas se cumplan puntualmente, que el nivel intelectual sea alto... Se cuida la titulación y la actualización del profesorado.

La obra escolar se concibe entonces como el medio de proporcionar a los alumnos los conocimientos que señalan los programas correspondientes. El prestigio académico es especialmente considerado: lo que asegura el reconocimiento social. A este fin se orientarán las diversas actividades que se programen. Las estructuras se concretan en función de la seguridad que dan a los profesores, por lo que tienden a considerarse inamovibles. Si se comentan en la comunidad problemas personales de los alumnos, fácilmente serán juzgados en función de las conveniencias sociales del centro o del prestigio de los profesores.

Por lo general, es este tipo de escuela el que mejor se esmera en reproducir el modelo de sociedad en el que está inserta.

c) Finalmente, si la comunidad está formada sobre todo por educadores vocacionados, tenderá a organizarse en función de los alumnos. Su objetivo será dar mejor respuesta a las necesidades de éstos. A ello irán orientadas predominantemente las reuniones de la comunidad, y en las mismas conversaciones entre los educadores aflorará con frecuencia el tema.

De igual modo, la obra escolar es considerada como medio de satisfacer las necesidades educativas de los alumnos, más allá de los programas oficiales, y más allá de lo legalmente establecido.

Y entre los alumnos, los más necesitados son objeto de mayor atención.

La voluntad de dar respuesta a las necesidades de los alumnos sitúa a la comunidad en actitud de búsqueda y creatividad: no absolutiza las diversas estructuras escolares sino que las somete a crítica para asegurar su validez actual: las mejora, las cambia, inventa otras nuevas...

– Hecha esta clasificación, que puede resultar un tanto artificial, ahora hemos de añadir nuestra convicción: una comunidad de educadores habrá de tener en cuenta la compleja realidad –laboral, profesional y vocacional– de sus miembros; pero siempre sin perder de vista la razón última que justifica su propia existencia: las necesidades educativas de los jóvenes.

3. Identidad y proyecto educativo

Juntamente con la identidad del educador y muy en relación con ella, hemos de hablar también del Proyecto Educativo. Somos educadores en una escuela de La Salle, y entre todos estamos llevando a cabo un proyecto cuyas raíces se remontan 300 años atrás. Si observamos con atención esas raíces nos daremos cuenta de la necesidad que tiene este proyecto educativo de la identidad del educador en su más pleno sentido.

Antes de que Juan Bautista de la Salle conciba su proyecto para la educación de los jóvenes se encuentra en su tiempo con muchos empleados y profesionales de la enseñanza, pero con pocos educadores vocacionados.

Los “empleados” de la enseñanza tienen entonces bastante mala fama: son unos “ganapanes” con escasa cultura e incapaces de mantener un mínimo de orden en la escuela. Ni siquiera hay horario de entrada y salida: cada alumno llega y marcha cuando quiere.

Los “profesionales” de la enseñanza, tales como los “maestros calígrafos”, son celosos de su saber y de sus títulos: les importan más sus privilegios que el remediar la ignorancia. La Salle sufrió los peores ataques a sus escuelas de parte de estos “profesionales”, defensores de unas tradiciones que les mantenían en el poder y la seguridad.

Cuando La Salle comienza a concebir y desarrollar su proyecto educativo se da cuenta de que sólo será posible llevarlo a cabo con educadores vocacionados. Por eso se dedicará personalmente a cultivar la identidad del educador, pero sabiendo que ésta forma parte de un proyecto más amplio del que depende y sobre el que interviene decisivamente. El proyecto lasaliano se va configurando sobre tres pilares insustituibles:

a) La persona del educador:

–Hombre interior: Porque sólo el hombre interior tiene capacidad de escucha; sólo él puede distinguir lo aparente de lo auténtico; sólo él puede estar abierto a las necesidades de los otros y dejarse conmover por ellas. Esa interioridad alcanza su culmen en el hombre “lleno de Dios”, el hombre que vive y camina “en la presencia de Dios”; que ha descubierto a Dios revelándosele en su historia cotidiana y de manera especial en los niños y jóvenes

a los que ha de servir.

–Con conciencia profesional, es decir, con la responsabilidad de lograr la adecuada preparación para cumplir acertadamente su tarea educadora. Pero más aún: con la conciencia de ser un mediador, que en su máxima expresión de fe se describe como “ministro de Jesucristo y de la Iglesia”.

–Hermano mayor entre los jóvenes, dedicado por entero a la labor educativa: es su misión y hace de ella el núcleo de su proyecto vital, no sólo como entretenimiento o como medio de ganarse la vida.

b) La comunidad educadora:

– Es signo de fraternidad cristiana, por el estilo de relaciones que se crean entre sus miembros, por su disposición a compartir la vida y vivir el evangelio.

– Es educadora del educador: facilita la formación de los educadores, fomenta el intercambio de experiencias pedagógicas y la búsqueda de métodos más eficaces; ayuda a adquirir aquellos valores que luego han de impulsar en los alumnos; promueve la reflexión sobre la realidad juvenil y las necesidades educativas...

– Es fundamento de la obra educativa: los educadores son conscientes de que, si se han reunido en comunidad, es para dar mejor respuesta a las necesidades educativas de los niños y jóvenes (“juntos y por asociación, al servicio de las escuelas gratuitas”). La comunidad es el auténtico protagonista del proyecto educativo, y es quien garantiza la continuidad de la obra educativa.

c) La obra educativa:

El proyecto educativo lasaliano se materializa en una estructura que se define como “Escuela Cristiana al servicio de los pobres”, con estas notas distintivas:

–Hecha a la medida del pobre, aunque abierta a todos.

–“Que funcione bien”, tal como expresará repetidamente La Salle en sus cartas a los Hermanos. Una escuela en la que  los muchachos estén a gusto. Pero también una escuela de calidad, que prepare para la vida, que responda a las necesidades reales de los muchachos que asisten a ella; que propicie el pleno desarrollo de cada alumno; que no se esclavice a los programas tradicionales...

–Que eduque cristianamente, desde los criterios y valores evangélicos, llegando al anuncio explícito de Jesucristo, teniendo como último objetivo “formar a Jesucristo en el corazón de los niños y jóvenes”.

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